¿Sexo con amor o sin amor?

Puede parecer una pregunta de los años setenta, pero en un momento en el que el mercado de las relaciones sexuales está liberalizado, ¿cuál es la opción más apetecible?

Por José Andrés Rodríguez

¿Con o sin? La revolución sexual de los años sesenta y setenta del siglo pasado permitió que prácticas como el sexo por puro placer dejaran de estar estigmatizadas. Se logró que salieran del armario y que, en muchos países, se despenalizaran moral y legalmente. “Había que hacer la revolución sexual, no se podía seguir con el sistema antiguo –opina Najat el Hachmi, escritora catalana de 31 años–. Pero me parece que luego no se ha construido nada. Y creo que hay mucha gente que se ve empujada a tener sexo por el sexo porque sienten que es lo que deben hacer, cuando en realidad quieren otra cosa. Creo que hay cierta presión social en este sentido”.

Aunque, por otro lado, los datos de la Encuesta Nacional de Salud Sexual, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas en el año 2008, indican que el 73,8% de los españoles opinaba que la sexualidad es principalmente un medio para buscar comunicación, placer, afecto, ternura e intimidad. Mucho más que el puro placer. Tal vez existe un conflicto entre lo que parece que hay que hacer y lo que, en realidad, la mayoría de la gente quiere hacer. Entre que hay que tener sexo con cierta frecuencia, aunque sea sexo sin, y lo que realmente pone. “Y mucha gente no dice públicamente que necesita sexo con amor porque cree que es algo cursi”, añade Najat el Hachmi.

“El problema es que conseguir sexo es tan fácil, que se ha desvalorizado”, opina Antoni Bolinches, psicólogo y sexólogo. Del mismo modo que se compran productos que no se necesitan por el simple hecho de que están rebajados, “somos ciudadanos consumidores, vivimos en sociedades de consumo, y el sexo también se ha convertido en un objeto de consumo”, apunta Edurne Jabat, profesora asociada de Sociología de la Universidad Pública de Navarra e investigadora de temas de género y sexualidad. Así que en las encuestas la mayoría de la gente quiere sexo con algo más. Pero, luego, parece que el que no se apunta a la fiesta del sexo por el sexo se está perdiendo algo. “Da la impresión de que, hoy en día, lo que no puede pasar es que digas que no tienes sexo, que estás en plan sabático, porque entonces te compadecen”, opina Najat el Hachmi.

Aparte de que uno pueda ser más o menos atractivo o tímido, parece evidente que conseguir sexo por puro placer está al alcance de mucha gente. Sábados noche, portales de internet que facilitan encuentros sexuales, amigos con derecho a roce, clubs de intercambio de parejas, miles y miles de solteros de todas las edades, emparejados con ganas de tener un desliz… Como señala Edurne Jabat, hay un discurso muy visible “que incide en la importancia de una sexualidad activa no necesariamente vinculada a un contexto de pareja estable. Algo así como la puesta en valor de una idea del sexo como algo saludable, legítimo, parte de la expresión del yo y de la comunicación con otros. Además, las relaciones sexuales esporádicas devuelven la sensación de anclaje”, quizás muy necesaria en una sociedad en la que los vínculos personales y laborales son cada vez más inestables. “Anclaje a una persona en una relación de intensa apertura física o emocional o anclaje identitario al sentir que ‘he ligado’, ‘he tenido sexo’, ‘tengo éxito’, ‘soy deseado’, ya que de algún modo es un logro de un bien socialmente deseado”.

Lady Gaga, icono del siglo XXI, asegura que no tiene sexo sin amor porque podría arruinar su energía. Quizás esta postura y sus extraños vestidos sean una forma de llamar la atención o, como dicen los expertos en marketing, de ganarse un nicho de mercado. Pero no deja de ser curioso que se haya convertido en noticia que ella y otros referentes del mundo del entretenimiento, como Robert Pattinson, protagonista de la serie Crespúsculo, defiendan el sexo con amor. “Quizás ahora se ponga de moda defenderlo. Estoy contenta de que personas como Lady Gaga digan que prefieren el sexo con amor. Soy de una generación que ha crecido pensando que el sexo se puede desligar de la afectividad”, explica Najat el Hachmi, que a principios de este año publicó la novela La cazadora de cuerpos (Planeta), en la que la protagonista acaba hastiada de una ajetreada vida sexual en la que no deja espacio para el afecto. “Yo quería escribir una novela sobre sexo en plan qué bien, una mujer tiene sexo con quien quiere y es la mar de feliz. Pero no me salió así. Y yo fui la primera sorprendida de que sintiera el sexo por el sexo como una experiencia vacía. He hablado con muchas personas que dicen que se acuestan con quien quieren y que ya les va bien. Pero si rascas un poco más te das cuenta de que no, de que muchas están frustradas, de que el sexo por el sexo las deja vacías”.

¿Cuál es el menú del que disponemos? ¿Estamos obligados a elegir entre dos platos: sexo con o sin amor? Quizás hay más variantes: sexo durante el enamoramiento, sexo con amor, sexo con algo de afecto o sexo sin nada de nada. “Sin duda, el mejor es el sexo en la fase de enamoramiento. Es el que prefiere, creo yo, la mayoría de la gente”, considera Antoni Bolinches. Cuando el sexo es mucho más que la satisfacción de una pulsión. “Se ha visto que, en una primera fase del deseo sexual, hay una motivación para buscar pareja –explica Mara Dierssen, neurobióloga del Centro de Regulación Genómica de Barcelona–. No hay una preferencia por alguien. En el hombre pesa la testosterona, y en la mujer, la fase del ciclo sexual”. ¿Y cuando, ay, aparece él o ella? “Si te enamoras algo cambia. Se activa el sistema dopaminérgico, que es el relacionado con la recompensa. Es decir, queremos repetir. Eso también puede pasar si sólo hay sexo. Pero con el enamoramiento, además, se activa el sistema noradrenérgico, que es el que te permite enfocarte en esa persona; por eso estás más obsesivo. Y, seguramente, también se activa el sistema serotoninérgico, relacionado con el estado de ánimo”. Así que el sexo con enamoramiento parece la tormenta química perfecta.
“El problema es que antes o después se acaba –señala Antoni Bolinches–. Quedas saturado”. Es entonces cuando la pareja puede entrar en la fase del amor estable y tranquilo. “Es el sexo con amor. Aquí hay muchas ventajas porque los amantes se conocen, saben darse placer, y ese buen sexo no tiene por qué acabarse. Pero hay una gran amenaza: la rutina”. Esta fase puede durar muchos años. Pero nadie está completamente a salvo de las tentaciones o las crisis. Pero cuando no hay crisis, como una mala época con la pareja o problemas en el trabajo o con los hijos, que puedan hacer que una persona ponga su deseo en otras, “también puede intervenir el aburrimiento –apunta Mara Dierssen–. El sistema dopaminérgico se activa por conductas que dan placer y también por la novedad”. Por eso, como explica Antoni Bolinches, es necesario “introducir novedades en la vida sexual en pareja”. El sexo con enamoramiento y el sexo con amor, además, son más generosos que el sexo sin en otro beneficio: la socialización. “Somos seres sociales. Ambos tipos de sexo nos hacen sentir que gustamos al otro, que tenemos su aprobación, que hay afecto”, añade Mara Dierssen.

Algo de afecto también hay en un sexo sin enamoramiento y sin amor. Por ejemplo, dos amigos con derecho a roce, dos conocidos del trabajo que en una cena de empresa deciden conocerse un poco más, dos desconocidos que conectan… Puede haber un poco de cariño, un poco de comunicación, un poco de afecto. Se diferencia del sexo completamente sin en que en este último no hay comunicación más allá de la epidermis. En el sexo sin más, la otra persona sólo interesa en la medida de la propia satisfacción. Dos cuerpos sin historia personal. “Este sexo puede estar muy bien, porque satisface una pulsión. Y es muy típico y necesario cuando una persona se inicia en el sexo y necesita experimentar y conocer otros cuerpos”, opina Mara Dierssen. Una persona de veinte años que acaba de debutar en el sexo quizás no eche de menos el amor. Como tampoco quizás lo eche de menos alguien que, con cuarenta, por ejemplo, decida que, de momento, no quiere nada más. Y pueden disfrutar mucho. Para Antoni Bolinches, “tiene que ver mucho con la fase de la vida en la que uno esté”.
O con la hora de la noche y el sentimiento de soledad que se tenga. El problema llega cuando uno quiere sexo con y sólo encuentra sexo sin. “He hablado con personas que tienen varios amantes y ya ni disfrutan –señala Najat el Hachmi–. Y he hablado con muchas personas, mujeres, sobre todo, que se conforman con el sexo porque por lo menos así sienten alguna caricia. Lo que pasa es que creo que son cosas que no se dicen, como si quedara mal reconocer que uno necesita amor”. Quizás porque el amor puede traer muchas más complicaciones que un simple revolcón. Y no todo el mundo está dispuesto a arriesgarse. El éxito del sexo sin amor puede residir, también, en que es un deporte fácil y placentero. Mientras que quizás el amor es un deporte de riesgo… emocional. Para Najat el Hachmi, una de las razones de la facilidad para conseguir sexo por puro placer es que puede ser una forma de evitar una comunicación real. “Es más fácil una relación sexual que una sentimental. Por ejemplo, me da la impresión de que, hoy en día, muchas mujeres huyen de sus madres. Del papel de estas como mujeres pasivas. Y quizás hay un miedo emocional a vernos en un papel parecido. Y ha calado la idea de que el amor es cursi. Es curioso que me costara más escribir la parte más romántica, por decirlo así, de la novela, que la parte más sexual”. Quizás tampoco ayuden algunas versiones del amor, demasiado azucaradas para estos tiempos en los que lo light está de moda. Para Edurne Jabat, “ese amor es frágil porque está sometido a exigencias y presiones de un mundo laboral flexibilizado, y está también sometido a los proyectos individuales de autorrealización personal de cada uno de los miembros de la pareja, de modo que ese amor conlleva un alto riesgo de fracaso”.
Así que mucha gente corre en dirección contraria al amor. Asimismo, como explica Antoni Bolinches, “en los casos más compulsivos de búsqueda de sexo sin más, hay una necesidad muy fuerte de reafirmación personal”. Pero ¿realmente es posible tener una relación sexual sin nada, aunque sólo sea unos gramos, de afecto? Seguramente, el ejemplo más extremo de sexo sin más sea la prostitución. Para Najat el Hachmi, “es imposible tener sexo sin algo de intimidad, a no ser que te pongas un preservativo de arriba a abajo”. Si partimos de la base de que algo debe gustar la otra persona aunque el contrato sea de sexo sin más, hay que tener cuidado con la letra pequeña. Porque no todo se puede controlar. “Conozco a muchas personas que se ponen barreras contra el afecto: ‘Yo tengo sexo pero que no se quede a dormir’. Pero, luego, están varios días hablando de que esa persona que no querían que se quedara a dormir no les llama. Creo que tener sexo sin nada de afecto es un esfuerzo muy difícil”.

Como es difícil decretar cuál es el mejor tipo de sexo. La lógica diría que el que incluye más cosas, como el sexo con enamoramiento o el sexo con amor. Aunque en temas de emociones y pulsiones la lógica no siempre gana. El sexo por el sexo no siempre es un sucedáneo de otra cosa. Puede ser una fase de aprendizaje o, lógicamente, la mejor manera de satisfacer una pulsión. Pero, cuando se quiere otra cosa, tras el placer uno puede sentir que le falta algo. Entonces, si hubiera que elegir entre sexo con o sexo sin... Hagamos una pregunta algo tramposa: ¿qué se llevaría uno a una isla desierta aparte de un libro electrónico? ¿alguien con quien tener sexo sin amor o alguien con quien tener amor sin sexo? Najat el Hachmi lo tiene claro: “Alguien con quien tener amor aunque sea sin sexo. El sexo te lo puedes dar tú misma”.

¿Quién es más partidario del sexo con: los hombres o las mujeres?

En un estudio realizado por Anne Campbell, de la Universidad de Durham (Inglaterra), se entrevistó a 1.743 hombres y mujeres que habían tenido una relación sexual ocasional. Muchas más mujeres que hombres aseguraron que esperaban algo más. Y el 80% de los hombres afirmaron haber disfrutado, mientras que, en las mujeres, el porcentaje se redujo al 54%. Una explicación sería el diferente coste biológico que tiene el sexo para unos y otras. “Aunque disponemos de medios para evitar embarazos no deseados, tenemos grabado en nuestro cerebro más antiguo que la mujer se puede quedar embarazada con un único encuentro sexual y el que el hombre debe intentar fecundar al máximo de hembras que pueda”. Y para Najat el Hachmi no hay que olvidar, además, “que sigue estando peor vista la promiscuidad en las mujeres que en los hombres”.

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