“¿Es un problema grande, mediano o pequeño?”

Reproducimos a continuación un texto de una mujer que acude a la consulta de psicología en Barcelona de Psico-Impronta. Unas líneas que hablan del estrés al que nos enfrentamos hoy en día, pero también del “querer poder con todo”, el sentimiento de autosuficiencia y autoconfianza que nos lleva a querer abarcarlo todo, sin poder.

Por A.L.

“Me llamo A. y acudo una vez cada quince días a la consulta de Psico-Impronta. Me gusta Manuel como psicólogo, es directo, habla claro y consigue quitar hierro a las preocupaciones que me pasan por la cabeza. Con él es muy fácil abrirse y hablar de todo, desde problemas laborables hasta de relaciones sociales, o bien las pequeñas peloteras a las que hay que enfrentarse cuando tienes hijos. Hay que aclarar que soy argentina, para mí ir al psicólogo y hablar de mis problemas es lo más normal del mundo. Seguramente aquí hay demasiados prejuicios con este tema… En fin, no quiero hablar de eso ahora.

Este texto es una especie de ejercicio, para desahogarme, quizá porque no podré acudir a mi cita con Manuel la próxima semana -por un viaje-. Eso me provoca cierta tensión, sé que la hora de terapia me relaja y me revitaliza al mismo tiempo, es como un chute de “tú puedes, vamos, nada puede contigo, pero sé consciente de tus limitaciones, ¿por qué querer abarcarlo todo?”.

La sensación contraria fue la que me hizo acudir al psicólogo por primera vez. El “no llegar a nada”, el exigirme demasiado, la autocrítica. Ahora sé que el problema era mío, que yo me exigía demasiado, pero por aquel entonces pensaba que era el mundo a mi alrededor, la sociedad, el jefe, mi padre, mis hijos, qué sé yo.

Desde entonces he logrado evolucionar mucho. Pero a veces vuelvo a caer en esa sensación, me agobio, me falta la respiración, siento ataques de ansiedad. Con el tiempo he aprendido a controlarlo.

Mis hijos (7 y 4 años), en cierta medida, han sido causa y salvación. Soy madre separada, así que a veces se me viene el mundo encima, por el tener que ocuparme de ellos sola, ya que mi familia está lejos. Pero también me han enseñado a respirar profundamente tres veces antes de gritar.

El otro día leí un artículo en una página de crianza que me pareció muy interesante. Una madre explicaba que, ante las rabietas del pequeño (debía tener unos 3 años), ante los lloros y las pataletas, le preguntaba si eso que le ocurría era un problema grande, mediano o pequeño. Al parecer, el niño respondía que era, casi siempre, un problema pequeño, visualizaba que había una solución y los lloros desaparecían.

Decidí aplicar el mismo sistema en casa, con el pequeño (la mayor no lo necesita ya). Funciona, tengo que admitirlo. Ante la pregunta, el pequeño calla, deja de llorar, piensa en la pregunta y responde con un “es un problema pequeño”. Le propongo una solución y sonríe. Fácil. Moraleja: no existen los problemas, existen las soluciones. Se lo digo a él y pienso que debería aplicarlo más a menudo en la vida real, en el trabajo, en todo.

Mi hija mayor, que debe ser medio bruja, no tardó mucho en enfrentarme a esa pregunta. La situación era tan simple como la siguiente: una madre que se enfada porque sus hijos han dejado la casa patas arriba y siempre tiene que chillarles para que recojan. “Mamá, ¿tú crees que es un problema grande, mediano o pequeño?”, me preguntó ella. Tras tragar saliva dos veces y voltear los ojos al cielo, le respondí que pequeño. “Claro, porque tiene solución. Podemos recoger todos juntos mientras jugamos”, dijo.

Y así esa madre y mujer trabajadora, agotada y superada por las circunstancias, se puso a recoger los juguetes de los niños, junto a ellos, mientras cantaba y hacía chorradas para hacerles reír. Y qué liberador fue.

En cualquier caso, Manuel, mi sesión quincenal de terapia no la quiero dejar. La próxima semana no podrá ser, pero nos vemos en tu consulta en quince días. Y gracias.

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